Un análisis reciente del hierro de la hoja de una daga enterrada como parte del tesoro del faraón Tutankamón ha determinado que proviene de un meteorito. En concreto de uno caído cerca de la ciudad egipcia de Marsa Matruh, en la costa mediterránea. Puede parecer curioso que entre los objetos más preciosos escogidos para decorar la tumba de un emperador divino se incluyera una hoja de hierro pero hace 33 siglos el hierro era un metal precioso más valioso que el oro por la dificultad de separarlo del oxígeno y purificarlo para hacerlo útil.

En aquella época el mundo estaba saliendo de la Edad del Bronce e iniciando la del Hierro. El bronce, una aleación de cobre y estaño, es relativamente sencillo de crear y de trabajar: los metales que lo componen son abundantes y fáciles de purificar.

El hierro meteorítico es un ejemplo de metal que en su momento fue más valioso que el oro. La Humanidad ha pasado por momentos en los que otros elementos, actualmente considerados comunes, fueron metales aristocráticos.

Acero: el alma de la katana

La fabricación de piezas de acero sólido tuvo que esperar a la Edad Media y sólo en pequeñas cantidades. El material no se pudo crear a gran escala hasta la invención del proceso Bessemer en 1856. Espaderos y cuchilleros, sin embargo, fueron capaces de fabricar hojas de excelente y depurado acero utilizando complejas recetas, menas específicas, tratamientos muy elaborados y técnicas de forja y templado realmente esotéricas.

Los más sofisticados fueron los grandes espaderos japoneses, que llevaron a la perfección un complejo sistema técnico de elaboración de acero para las famosas espadas medievales del Japón, como las katanas (aunque hay muchas variantes). Para ello usaban un tipo de acero extremadamente poco común y de laboriosa creación que sólo puede fabricarse en lotes reducidos: el tamahagane.

Aluminio: la plata de la tierra

Hoy lo tenemos en las latas de bebidas, en los cacharros de cocina, en las ventanas y en trenes y aviones. Hasta los cables de alta tensión están hechos con este metal, por ser más barato y ligero que el cobre. Pero hubo un tiempo en el que con el aluminio se hacían joyas de extravagante valor y en el que reyes con ínfulas de emperador señalaban a sus cortesanos favoritos dándoles de comer en platos de aluminio e insultaban con vajilla de oro a quienes querían despreciar. Usaban barritas de este metal como regalo de singular importancia.

Y sin embargo el aluminio es el tercer elemento de la tabla periódica por su abundancia en la corteza terrestre y el metal más abundante con diferencia. La razón de su desmesurado precio inicial no es su rareza, sino lo difícil que era purificarlo, al menos al principio.

El aluminio fue extraído por primera vez, aunque de modo impuro en 1825 por el químico danés Hans Christian Ørsted. El primero en obtenerlo fue el alemán Friedrich Wöhler dos años más tarde. No pudo procesarse en cantidades razonables hasta que en 1846 el francés Henri Sainte-Claire Deville perfeccionó el método de extracción. Y aún entonces el proceso era tan complejo y los reactivos tan exóticos que se podían obtener cantidades muy escasas, hasta tal punto que Francia decidió mostrar barritas de aluminio como muestra de su poderío científico y tecnológico en la Exposición Universal de 1855.

Para entonces el emperador Napoleón III se había enamorado de la llamada plata de la tierra, tan rara y cara (valía casi 10 veces más que el oro) que se consideraba un metal precioso. El emperador decidió convertirlo en símbolo.

Uranio: el metal que es energía

Y si complicado, y por ello a veces caro, es extraer algunos metales de su íntima asociación con el oxígeno mucho más se complica la cosa cuando se trata de separar isótopos de un mismo metal. Aquí la química no sirve, porque tienen la misma capa externa de electrones y por tanto casi ninguna reacción servirá para diferenciarlos.

La única manera es usar la física y aprovechar la particularidad que los distingue: la masa de sus núcleos es distinta. Este es el caso del uranio, que tiene 92 protones (y electrones) pero numerosos isótopos de los que los más abundantes en la naturaleza son dos: el Uranio 238, con 146 neutrones, y el Uranio 235, con 143 neutrones. Es esa diferencia de tres neutrones por núcleo la que se usa para separarlos.

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